¿Qué tienen que ver las hombreras con la lucha femenina por la igualdad laboral?

 
Ilustración: Vainilla Collage

Por @Nosoifernanda para Nul

Me decía una estudiante el otro día que una tía le aseguraba que no tenía de qué preocuparse ¿para qué ser feminista si las mujeres ya podíamos ir a la universidad? A mi mamá casi que no la dejan ir a la universidad, y estamos hablando de 1985 (ayer), pero esa es otra historia. Sí, podemos ir a estudiar tan libremente como los animales silvestres en su hábitat. Y sí, la participación de las mujeres en programas de maestría a finales del año pasado superaba el 50 por ciento y era mayor que la de los hombres. Pero adivinen quiénes no reciben el sueldo completo.

Una vez que saqué el tema a relucir -porque yo no me canso- alguien (sí, un hombre) me dijo que la razón por la que le pagaban menos a las mujeres era que ellas ocupaban menos cargos directivos. A mí me saltó el corazón de manera no infartiva. Sumé 2+2 y me dio 5. No solo no era cierto, sino que a pesar de que en la última década las mujeres en Colombia ocupan más cargos directivos que hace diez años, les pagan menos. Para ser más exactos, 7% y a las independientes 35.8% menos que a sus pares hombres.

El argumento de que la brecha salarial radicaba en que como éramos secretarias y no jefes ganábamos menos, de ser cierto, tampoco solucionaba nada, porque hay un problema grandísimo si creemos que es normal asumir que los puestos de más poder los ocupan exclusivamente los hombres.

 En 1977 John T. Molloy explicándonos cómo vestirnos para el trabajo

Implicaría sospechar que las mujeres no tienen lo que se necesita para afrontar la selva laboral y también explica por qué muchas de nosotras nos sentimos obligadas a adoptar actitudes  que han pertenecido al dominio de la masculinidad. No, no me refiero a sentarnos con las piernas abiertas ni mirar las falditas de las compañeras. Hablando en términos indumentarios: la hombrera ochentera fue posible porque las mujeres tuvieron que adaptarse en apariencia a un mundo de hombres.

Las hombreras no solo son dos pedacitos de espuma en las fotos de nuestras mamás o abuelas, sino que implican ensanchar los hombros: transformar la silueta y volverla masculina.

Tim Walker para I-D. Modelo: Edie Campbell

Usar prendas tradicionalmente femeninas para ir a trabajar hubiera sido darles un nuevo significado a ellas y a la feminidad. Recordemos que en los ochentas la relación entre mujer y trabajo de oficina era apenas incipiente. "Mujer, viste de mujer, trabaja" hubiera sido el escenario idóneo en el que la mujer en su feminidad, invadiera el lugar de trabajo.

Pero lo que pasó fue que nos tocó cambiar nuestras formas y reemplazarlas por las de los hombres para adaptarnos nosotras al ambiente laboral: "mujer, viste de hombre, trabaja". "Mujer, se disfraza de hombre, trabaja".

Para explicar el ejemplo anterior y dejar de hablar como cavernícola, hay que tener en cuenta que el trabajo ha sido territorio de hombres, por lo tanto, es como si una mujer en vestido vaporoso y lacito en el pelo, dentro de Wall Street, en 1986, fuera lo mismo que un mico dictando economía global del siglo XIX en la Universidad. 

Algo no cuadra. 

La mujer ha sido la celadora del hogar y el hombre el que sale a trabajar, entonces insertar rasgos femeninos en el ambiente laboral parecería extraño porque el lugar de trabajo, históricamente, no nos ha pertenecido.

La feminidad se ha relacionado con la sensibilidad, la maternidad y la casa, valores extranjeros a la oficina. Los valores masculinos, por otro lado, de acertividad, estructuración a la hora de tomar decisiones y racionalidad, perfectos para los negocios, aparentemente son ajenos a la mujer. El vestido nos ha permitido ingresar a espacios de hombres por medio del camuflaje (que después no vayan a decir que no servimos para militares).

Para seguir usando ejemplos de animales, hemos sido camaleónicas. Mientras el traje masculino se ha quedado el mismo durante siglos, y eso tal vez lo explica la invariabilidad de la posición del hombre en el mundo, las mujeres hemos ido cambiando en apariencia a medida que va cambiando nuestro poder de agencia. El caso de los ochenta: si vamos a ser corredoras de bolsa, pues nos vestimos como corredoras de bolsa, o sea, como hombres.

Pensemos los dichos cotidianos: "póngase los pantalones" o "no tiene pantalones" significa que ese hombre o esa mujer es cobarde o indeciso. Nadie dice póngase la falda para referirse a coger fuerza o ser valientes #misteriosossonloscaminosdelseñor.

Eso explica la hombrera ochentera, porque no bastó vestirnos de traje, sino que también hubo que recurrir a un par de prótesis de espuma para transformar nuestro cuerpo en el cuerpo de quien, por siglos, ha trabajado. Pregúntenle a mi abuela que desde que empezó a trabajar, durante 50 años, no se quitó los pantalones.

No tengo nada en contra del traje ochentero. Lo amo, incluso. Lo de arriba solo son hechos, duélale a quien le duela.

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